viernes, 27 de marzo de 2026

CONTRADICCIONES ENTRE EL ACCESO Y EL EJERCICIO DEL PODER.



CONTRADICCIONES ENTRE EL ACCESO AL PODER Y EL EJERCICIO DEL PODER

Por Alejandro Oscar De Salvo


Resumen ejecutivo


Los sistemas políticos contemporáneos seleccionan a sus dirigentes mediante mecanismos orientados a la legitimidad y la construcción de poder, no a la idoneidad para el ejercicio de funciones ejecutivas. Esta disociación genera un fenómeno estructural: individuos altamente competentes para acceder al poder suelen carecer de las capacidades necesarias para ejercerlo eficazmente.

Este trabajo sostiene que dicho problema no es una anomalía corregible dentro de la lógica actual del sistema, sino una consecuencia inherente a su diseño.

En lugar de proponer reformas idealistas sobre los mecanismos de selección de los políticos que compiten por los cargos, se plantea una solución pragmática: la incorporación de estructuras de compensación decisional, inspiradas en prácticas de gobierno corporativo privado, que introduzcan criterio técnico, validación y contrapeso dentro del proceso de toma de decisiones políticas.

Es decir, comprobada la efectividad de los mecanismos utilizados en la actividad privada para resguardar la posición competitiva de una empresa, prevenir crisis y quebrantos, evitar daños reputacionales y proteger recursos críticos, se propone su adaptación y traslado a la conducción de estructuras públicas, tales como ministerios, intendencias, empresas del Estado y entes públicos en general.



1. Introducción

En el análisis de la conducción política suele asumirse implícitamente que quienes acceden al poder poseen las competencias necesarias para ejercerlo. Sin embargo, la evidencia empírica muestra lo contrario: existe una brecha sistemática entre las capacidades que permiten alcanzar posiciones de poder y aquellas requeridas para gestionarlas eficazmente.

Este fenómeno no es contingente ni reciente; es estructural. Su persistencia histórica indica que no responde a fallas individuales, sino a la lógica misma del sistema político.

Este fenómeno no se limita al ámbito estrictamente político. Se manifiesta con igual o mayor intensidad en organizaciones de la sociedad civil, tales como asociaciones y fundaciones, donde los mecanismos de acceso a posiciones de conducción responden a lógicas de afinidad, trayectoria interna o reconocimiento simbólico, antes que a criterios de idoneidad para la toma de decisiones complejas. En estos entornos, la ausencia o debilidad de instancias formales de validación y contrapeso no solo reproduce el desacople entre acceso y ejercicio de la conducción, sino que lo vuelve más visible y, en muchos casos, más difícil de corregir.



2. Las contradicciones estructurales

2.1. Lógica de acceso al poder

Los sistemas políticos seleccionan dirigentes en función de:

Capacidad de construcción de legitimidad (electoral o interna)

Habilidad comunicacional

Formación de alianzas

Gestión del conflicto político

Posicionamiento simbólico

Estas variables responden a una lógica de competencia por el poder.



2.2. Lógica de ejercicio del poder

El ejercicio efectivo de funciones ejecutivas requiere:

Toma de decisiones bajo incertidumbre

Comprensión sistémica

Capacidad de priorización

Gestión de recursos escasos

Conducción de equipos complejos

Responsabilidad sobre consecuencias materiales

Estas variables responden a una lógica de gestión y conducción real.


2.3. Incompatibilidad funcional

Ambas lógicas no solo son distintas, sino frecuentemente antagónicas:


Acceso

Ejercicio

Confrontación

Coordinación

Simplificación discursiva

Complejidad analítica

Corto plazo

Mediano/largo plazo

Construcción de imagen

Producción de resultados


3. Manifestaciones del problema

El desacople genera múltiples distorsiones:

3.1. Desempeño deficiente en funciones ejecutivas

Individuos exitosos en roles discursivos o políticos fracasan al asumir responsabilidades operativas.

3.2. Decisiones de baja calidad

Improvisación

Falta de análisis

Sobrepeso de lo simbólico sobre lo material

3.3. Vulnerabilidad a presiones

La falta de criterio técnico incrementa la dependencia de:

asesores informales

grupos de interés

dinámicas internas de poder


4. Por qué el sistema no corrige el problema

4.1. Primacía de la legitimidad

El sistema prioriza la representación, no la eficiencia.

4.2. Necesidad de gobernabilidad

Los cargos se asignan para:

sostener coaliciones

equilibrar poder

garantizar lealtades

4.3. Ausencia de incentivos correctivos

No existe un mecanismo estructural que premie la idoneidad técnica en la selección.


5. Analogía con el gobierno corporativo

En el ámbito empresarial, se reconoce un problema análogo:

el propietario o decisor no siempre posee las mejores capacidades de gestión.

La solución desarrollada no fue reemplazar al dueño, sino:

Incorporar directorios

Introducir directores independientes

Establecer mecanismos de control y validación

Esto permitió:

mejorar la calidad de decisiones

reducir errores críticos

profesionalizar la conducción


6. Propuesta: estructuras de compensación decisional

6.1. Principio general

No se propone alterar los mecanismos de acceso al poder, sino:

intervenir en el proceso de toma de decisiones una vez constituido el poder político


6.2. Función (no cargo)

La figura a introducir no debe definirse como un rol formal rígido, sino como una función:

introducir criterio técnico, validación y contrapeso en decisiones críticas


6.3. Componentes operativos
a) Validación ex ante

Evaluación previa de decisiones relevantes:

impacto

viabilidad

riesgos


b) Contrapeso de criterio

Capacidad de:

cuestionar decisiones

introducir alternativas

señalar inconsistencias


c) Traducción operativa

Transformar ideas políticas en:

planes ejecutables

secuencias de implementación

asignación de recursos


7. Condiciones de funcionamiento

Para que el modelo sea viable:

7.1. No competir por poder

Debe evitar percibirse como amenaza.

7.2. Generar utilidad inmediata

Su valor debe ser evidente en la mejora de decisiones.

7.3. Construir confianza

Sin confianza del decisor, la estructura es irrelevante.


8. Límites del modelo

8.1. Persistencia del decisor político

La decisión final seguirá siendo política.

8.2. Riesgo de neutralización

El sistema puede:

ignorar

instrumentalizar

desplazar la función

8.3. Dependencia del contexto

Mayor efectividad en:

situaciones de crisis

entornos complejos

liderazgos con apertura mínima


9. Implicancias estratégicas

El modelo redefine el enfoque:

De “mejorar políticos” → a mejorar decisiones

De “reforma institucional” → a intervención funcional

De “ideal normativo” → a diseño pragmático


10. Conclusión

El problema de la inadecuación entre quienes acceden al poder y quienes están capacitados para ejercerlo no es corregible dentro de la lógica de selección política vigente.

Sin embargo, es posible mitigar sus efectos mediante la introducción de estructuras que:

compensen la falta de idoneidad

eleven la calidad de las decisiones

reduzcan el costo del error

La clave no reside en cambiar quién decide,
sino en cómo se decide para que sea mejor lo que se decide.

Este enfoque, que en apariencia responde a una mirada técnica sobre deficiencias en la gestión pública, adquiere una dimensión especialmente relevante para quienes ejercen el poder político dentro de una estructura estatal. Si bien acceden al cargo a partir de sus habilidades políticas, su continuidad y proyección dependen, en última instancia, de la legitimidad sostenida en el tiempo, la cual se encuentra crecientemente vinculada a la eficacia de la gestión.

Mejorar el acople entre el acceso al poder y su ejercicio no solo contribuye a una gestión más eficiente, sino que también incide directamente en la posibilidad de consolidar y proyectar la carrera política de quienes ocupan posiciones de decisión, ya sea por elección o por designación.

La extensión de este enfoque a asociaciones civiles y fundaciones refuerza su validez transversal. Allí donde la conducción se estructura sin criterios explícitos de capacidad, la introducción de mecanismos que mejoren la calidad de la decisión no solo incrementa la eficacia organizacional, sino que también resguarda la coherencia entre los fines declarados y las decisiones efectivamente adoptadas. En estos ámbitos, la incorporación de criterios de decisión más exigentes y mecanismos de resguardo frente a errores relevantes contribuye, además, al desarrollo de quienes ocupan posiciones directivas, generando una experiencia con proyección tanto en el sector público como en el privado.

La mejora en la calidad de la decisión, en consecuencia, trasciende el tipo de organización y se consolida como una capacidad central en cualquier ámbito de conducción.

Por último, el ejercicio del poder político, cuando está acompañado por una gestión deficiente, tiende a volverse en contra de quienes lo detentan. La experiencia recurrente muestra con claridad las consecuencias: pérdida de poder, procesos judiciales, deterioro patrimonial y exclusión de la vida pública, como resultado de decisiones mal diseñadas o sostenidas por la soberbia, la codicia o la ignorancia, que podrían haberse evitado con el debido asesoramiento.


                                                       Buenos Aires, marzo de 2026.

sábado, 14 de marzo de 2026

EL AUTODESARROLLO DEL CARÁCTER: UNA PIEZA CLAVE EN LA ALTA DIRECCIÓN

 


EL AUTODESARROLLO DEL CARÁCTER:
Una pieza clave en la alta dirección

Por Alejandro Oscar De Salvo



INTRODUCCIÓN

En la práctica de la alta dirección, muchas dificultades no se originan en la falta de conocimientos técnicos, sino en la ausencia de los atributos personales necesarios para enfrentar las complejidades propias del rol.

Este trabajo presenta un enfoque práctico para el desarrollo del carácter, a partir de la identificación, selección e incorporación de aquellas virtudes que hacen posible un desempeño directivo sólido y consistente.


  1. CONCEPTOS Y CLASIFICACIONES

Una manera eficaz de abordar este tema consiste en partir de definiciones claras y de una clasificación que permita ordenar las ideas.

Los conceptos aportan precisión; las clasificaciones, estructura. Ambas son necesarias para comprender el alcance del enfoque que se propone.

En concordancia con lo dicho, comenzaré por tratar el concepto de virtud, luego me referiré a su clasificación y, finalmente, agregaré un método para la incorporación de las virtudes cardinales o fundamentales.


2) CONCEPTO DE VIRTUD

En la tradición filosófica clásica, desarrollada especialmente por Aristóteles y posteriormente sistematizada por Tomás de Aquino, la virtud se define como:

Un hábito operativo bueno que perfecciona las facultades del ser humano y lo inclina de manera estable a obrar rectamente.

Esta definición encierra varios elementos importantes.

En primer lugar, la virtud es un hábito, es decir, una disposición estable del carácter y no un acto aislado o circunstancial.

En segundo lugar, se trata de un hábito operativo, lo que significa que se manifiesta en la acción concreta.

Finalmente, se lo califica como un hábito bueno, porque orienta las facultades humanas hacia aquello que la razón reconoce como correcto.

Puede decirse, entonces, que la virtud es una cualidad estable del carácter que dispone a la persona a actuar bien de manera habitual.


3) CLASIFICACIÓN DE LAS VIRTUDES

La tradición moral distingue entre virtudes adquiridas por el ejercicio humano y virtudes que son infundidas en el alma por acción divina.

De acuerdo con este criterio, las virtudes pueden clasificarse en tres grandes grupos: virtudes intelectuales, virtudes morales o adquiridas y virtudes teologales o infusas.

Las primeras se vinculan con el conocimiento y dan origen a capacidades de orden técnico y cognitivo; las segundas se relacionan con la conducta orientada al bien, la conformación del carácter y el paso a la acción; y las terceras son aquellas que se reciben por acción de la gracia divina.

En el presente trabajo me limitaré a la exposición de las virtudes morales o adquiridas, en la medida en que son las que tienen un impacto directo en el carácter y en el desempeño personal del directivo.


4) VIRTUDES MORALES O ADQUIRIDAS

Las virtudes morales son aquellas que el ser humano adquiere mediante el ejercicio, la educación y la repetición de actos buenos.

A través de ese proceso, las disposiciones iniciales del carácter se orientan, se transforman y se consolidan en hábitos buenos y estables que guían la conducta hacia el bien.

Entre las virtudes morales destacan las llamadas virtudes cardinales, que tradicionalmente se consideran los ejes de la vida práctica:

  • Prudencia: permite discernir rectamente lo que conviene hacer en cada circunstancia.

  • Justicia: consiste en la voluntad firme y constante de dar a cada uno lo que le corresponde.

  • Fortaleza: permite mantener la firmeza frente a la dificultad, el riesgo o la adversidad.

  • Templanza: modera los deseos y regula los impulsos conforme a la razón.

5) GENERACIÓN DE LAS VIRTUDES CARDINALES

Las virtudes cardinales no se adquieren como un todo, como si cada una de ellas fuera una cualidad única e indivisible.

En realidad, están conformadas por una multiplicidad de virtudes menores o auxiliares que las integran y les dan vida.

Resulta prácticamente imposible que una persona adquiera el hábito de la justicia -o cualquier otra virtud cardinal- si no trabaja previamente en la identificación, incorporación y desarrollo de las virtudes auxiliares que hacen posible esa virtud.

Dicho de otro modo, el hábito de la justicia no se forma de manera espontánea ni mediante un esfuerzo dirigido exclusivamente a ella. Requiere el desarrollo previo de diversas virtudes auxiliares que, actuando de manera conjunta, terminan por constituirla.

Estas virtudes que integran y dan estructura a las virtudes cardinales se denominan virtudes contenidas, y son las que se deben trabajar si se aspira a desarrollar una virtud cardinal.


6) VIRTUDES CONTENIDAS

Las virtudes contenidas son virtudes específicas del carácter que forman parte de una virtud principal y que aportan los atributos concretos mediante los cuales dicha virtud se manifiesta en la conducta humana.

En otras palabras, una virtud cardinal no se expresa de manera simple o indivisible. Se despliega a través de diversas actitudes y hábitos particulares que, actuando de manera coordinada, permiten su ejercicio real.

Por ejemplo, para ser justa una persona debe ser:

  • Imparcial: capaz de no dejarse influir por simpatías, intereses o presiones externas.

  • Objetiva: orientada a los hechos y no a interpretaciones sesgadas.

  • Criteriosa: con capacidad de evaluar correctamente las circunstancias antes de decidir.

  • Íntegra: coherente entre lo que piensa, dice y hace.

  • Responsable: dispuesta a asumir las consecuencias de sus decisiones.

  • Firme: capaz de sostener una decisión justa aun frente a resistencias o presiones.

  • Equitativa: con capacidad de ponderar situaciones particulares sin caer en arbitrariedad.

  • Honesta: comprometida con la verdad y la transparencia.

  • Respetuosa: reconoce la dignidad y los derechos de los demás.

  • Constante: sostiene el compromiso de justicia en el tiempo, sin variaciones oportunistas.

Estas disposiciones, entre otras, son las que permiten que la justicia deje de ser una idea abstracta y se convierta en una práctica concreta.

Desde esta perspectiva, las grandes virtudes no deben entenderse como cualidades abstractas, sino como estructuras morales complejas, integradas por múltiples virtudes concretas que se fortalecen mediante el ejercicio.

El desarrollo de las virtudes, por lo tanto, no consiste en intentar cultivar directamente una virtud principal en abstracto, sino en desarrollar progresivamente las virtudes contenidas que la componen.

Es en ese proceso donde se forma el carácter y donde las virtudes dejan de ser conocimiento teórico para transformarse en hábitos reales de conducta.


7) MÉTODO PRÁCTICO PARA EL DESARROLLO DE LAS VIRTUDES CONTENIDAS

El desarrollo de las virtudes no se logra mediante reflexión abstracta, sino a través de un trabajo concreto sobre el carácter. La experiencia muestra que el conocimiento moral, por sí solo, no garantiza una conducta recta.

El desarrollo de las virtudes no se logra mediante reflexión abstracta, sino a través de un trabajo concreto sobre el carácter. La experiencia muestra que el conocimiento moral, por sí solo, no garantiza una conducta recta.

El virtuosismo se alcanza mediante un trabajo personal sostenido, basado en acciones concretas que impacten directamente en el desempeño y en la forma en que cada individuo se conduce en el mundo real.

Este proceso de mejora del carácter se puede ordenar en tres pasos:

A) Identificación del defecto

Consiste en reconocer con sinceridad las propias debilidades o inclinaciones desordenadas.

Todos los seres humanos presentan tendencias que dificultan el ejercicio de las virtudes: egoísmo, orgullo, impaciencia, dispersión, negligencia, cobardía, pereza, irritabilidad, impulsividad, inconstancia, procrastinación, entre otras.

La toma de conciencia de estos aspectos constituye el punto de partida del trabajo. En algunos casos, los propios defectos se hacen evidentes y generan una incomodidad que impulsa a actuar; en otros, es necesario recurrir a métodos de autoconocimiento para identificar aquellas falencias que deben ser corregidas.

B) Identificación de la virtud opuesta

Una vez identificado el defecto, corresponde determinar qué virtud permite corregirlo o equilibrarlo.

Las virtudes actúan como contrapesos de determinadas inclinaciones:

  • al egoísmo → generosidad

  • a la cobardía → valentía

  • a la dispersión → concentración

  • a la ansiedad → paciencia.

Esto permite canalizar el esfuerzo en una dirección concreta.

C) Incorporación y desarrollo

El crecimiento en virtud exige acciones concretas que entrenen el carácter, en particular la virtud que se busca desarrollar. Una táctica eficaz consiste en realizar actividades que requieran, de manera directa, las disposiciones que se desea incorporar o fortalecer.

Algunos ejemplos:

  • Concentración: lectura atenta, síntesis escrita, juegos de estrategia

  • Paciencia: tareas que exigen constancia sostenida

  • Disciplina: establecimiento y cumplimiento de rutinas

  • Fortaleza: actividades que implican esfuerzo y superación

La repetición de estas prácticas consolida progresivamente los hábitos que se busca incorporar.

Cuando las virtudes contenidas pertinentes se desarrollan en grado suficiente, se forma la virtud cardinal que las integra.


8) LA FORMACIÓN DEL CARÁCTER EN LOS HIJOS

El desarrollo del carácter no se limita al ámbito profesional. El directivo que es padre enfrenta una responsabilidad central en la formación de hábitos y disposiciones en sus hijos.

La aplicación de este enfoque permite intervenir tempranamente en la formación del carácter, incluso antes de que los niños puedan comprender conceptos abstractos.

Esto implica que los padres deben conocer las particularidades de sus hijos, orientar sus entornos y fomentar actividades que desarrollen buenos hábitos


REFLEXIÓN FINAL

La formación del carácter no es el resultado del azar ni de las buenas intenciones.

Es el fruto de un trabajo consciente sobre las propias inclinaciones, orientado a cambiar los defectos por virtudes mediante la disciplina y el ejercicio constante.

Cuando ese trabajo se sostiene en el tiempo, las virtudes dejan de ser una aspiración y se convierten en una forma estable de actuar.

Y, sin lugar a dudas, en el mediano y largo plazo, un individuo virtuoso -es decir, con una elevada capacidad ética- alcanza mayores niveles de realización, tanto en el plano personal y familiar como en el ámbito profesional.


Buenos Aires, 10/03/2026

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TEMARIO DEL BLOG CAPACITACIÓN DE LÍDERES.

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