sábado, 14 de marzo de 2026

EL AUTODESARROLLO DEL CARÁCTER: UNA PIEZA CLAVE EN LA ALTA DIRECCIÓN

 


EL AUTODESARROLLO DEL CARÁCTER:
Una pieza clave en la alta dirección

Por Alejandro Oscar De Salvo



INTRODUCCIÓN

En la práctica de la alta dirección, muchas dificultades no se originan en la falta de conocimientos técnicos, sino en la ausencia de los atributos personales necesarios para enfrentar las complejidades propias del rol.

Este trabajo presenta un enfoque práctico para el desarrollo del carácter, a partir de la identificación, selección e incorporación de aquellas virtudes que hacen posible un desempeño directivo sólido y consistente.


  1. CONCEPTOS Y CLASIFICACIONES

Una manera eficaz de abordar este tema consiste en partir de definiciones claras y de una clasificación que permita ordenar las ideas.

Los conceptos aportan precisión; las clasificaciones, estructura. Ambas son necesarias para comprender el alcance del enfoque que se propone.

En concordancia con lo dicho, comenzaré por tratar el concepto de virtud, luego me referiré a su clasificación y, finalmente, agregaré un método para la incorporación de las virtudes cardinales o fundamentales.


2) CONCEPTO DE VIRTUD

En la tradición filosófica clásica, desarrollada especialmente por Aristóteles y posteriormente sistematizada por Tomás de Aquino, la virtud se define como:

Un hábito operativo bueno que perfecciona las facultades del ser humano y lo inclina de manera estable a obrar rectamente.

Esta definición encierra varios elementos importantes.

En primer lugar, la virtud es un hábito, es decir, una disposición estable del carácter y no un acto aislado o circunstancial.

En segundo lugar, se trata de un hábito operativo, lo que significa que se manifiesta en la acción concreta.

Finalmente, se lo califica como un hábito bueno, porque orienta las facultades humanas hacia aquello que la razón reconoce como correcto.

Puede decirse, entonces, que la virtud es una cualidad estable del carácter que dispone a la persona a actuar bien de manera habitual.


3) CLASIFICACIÓN DE LAS VIRTUDES

La tradición moral distingue entre virtudes adquiridas por el ejercicio humano y virtudes que son infundidas en el alma por acción divina.

De acuerdo con este criterio, las virtudes pueden clasificarse en tres grandes grupos: virtudes intelectuales, virtudes morales o adquiridas y virtudes teologales o infusas.

Las primeras se vinculan con el conocimiento y dan origen a capacidades de orden técnico y cognitivo; las segundas se relacionan con la conducta orientada al bien, la conformación del carácter y el paso a la acción; y las terceras son aquellas que se reciben por acción de la gracia divina.

En el presente trabajo me limitaré a la exposición de las virtudes morales o adquiridas, en la medida en que son las que tienen un impacto directo en el carácter y en el desempeño personal del directivo.


4) VIRTUDES MORALES O ADQUIRIDAS

Las virtudes morales son aquellas que el ser humano adquiere mediante el ejercicio, la educación y la repetición de actos buenos.

A través de ese proceso, las disposiciones iniciales del carácter se orientan, se transforman y se consolidan en hábitos buenos y estables que guían la conducta hacia el bien.

Entre las virtudes morales destacan las llamadas virtudes cardinales, que tradicionalmente se consideran los ejes de la vida práctica:

  • Prudencia: permite discernir rectamente lo que conviene hacer en cada circunstancia.

  • Justicia: consiste en la voluntad firme y constante de dar a cada uno lo que le corresponde.

  • Fortaleza: permite mantener la firmeza frente a la dificultad, el riesgo o la adversidad.

  • Templanza: modera los deseos y regula los impulsos conforme a la razón.

5) GENERACIÓN DE LAS VIRTUDES CARDINALES

Las virtudes cardinales no se adquieren como un todo, como si cada una de ellas fuera una cualidad única e indivisible.

En realidad, están conformadas por una multiplicidad de virtudes menores o auxiliares que las integran y les dan vida.

Resulta prácticamente imposible que una persona adquiera el hábito de la justicia -o cualquier otra virtud cardinal- si no trabaja previamente en la identificación, incorporación y desarrollo de las virtudes auxiliares que hacen posible esa virtud.

Dicho de otro modo, el hábito de la justicia no se forma de manera espontánea ni mediante un esfuerzo dirigido exclusivamente a ella. Requiere el desarrollo previo de diversas virtudes auxiliares que, actuando de manera conjunta, terminan por constituirla.

Estas virtudes que integran y dan estructura a las virtudes cardinales se denominan virtudes contenidas, y son las que se deben trabajar si se aspira a desarrollar una virtud cardinal.


6) VIRTUDES CONTENIDAS

Las virtudes contenidas son virtudes específicas del carácter que forman parte de una virtud principal y que aportan los atributos concretos mediante los cuales dicha virtud se manifiesta en la conducta humana.

En otras palabras, una virtud cardinal no se expresa de manera simple o indivisible. Se despliega a través de diversas actitudes y hábitos particulares que, actuando de manera coordinada, permiten su ejercicio real.

Por ejemplo, para ser justa una persona debe ser:

  • Imparcial: capaz de no dejarse influir por simpatías, intereses o presiones externas.

  • Objetiva: orientada a los hechos y no a interpretaciones sesgadas.

  • Criteriosa: con capacidad de evaluar correctamente las circunstancias antes de decidir.

  • Íntegra: coherente entre lo que piensa, dice y hace.

  • Responsable: dispuesta a asumir las consecuencias de sus decisiones.

  • Firme: capaz de sostener una decisión justa aun frente a resistencias o presiones.

  • Equitativa: con capacidad de ponderar situaciones particulares sin caer en arbitrariedad.

  • Honesta: comprometida con la verdad y la transparencia.

  • Respetuosa: reconoce la dignidad y los derechos de los demás.

  • Constante: sostiene el compromiso de justicia en el tiempo, sin variaciones oportunistas.

Estas disposiciones, entre otras, son las que permiten que la justicia deje de ser una idea abstracta y se convierta en una práctica concreta.

Desde esta perspectiva, las grandes virtudes no deben entenderse como cualidades abstractas, sino como estructuras morales complejas, integradas por múltiples virtudes concretas que se fortalecen mediante el ejercicio.

El desarrollo de las virtudes, por lo tanto, no consiste en intentar cultivar directamente una virtud principal en abstracto, sino en desarrollar progresivamente las virtudes contenidas que la componen.

Es en ese proceso donde se forma el carácter y donde las virtudes dejan de ser conocimiento teórico para transformarse en hábitos reales de conducta.


7) MÉTODO PRÁCTICO PARA EL DESARROLLO DE LAS VIRTUDES CONTENIDAS

El desarrollo de las virtudes no se logra mediante reflexión abstracta, sino a través de un trabajo concreto sobre el carácter. La experiencia muestra que el conocimiento moral, por sí solo, no garantiza una conducta recta.

El desarrollo de las virtudes no se logra mediante reflexión abstracta, sino a través de un trabajo concreto sobre el carácter. La experiencia muestra que el conocimiento moral, por sí solo, no garantiza una conducta recta.

El virtuosismo se alcanza mediante un trabajo personal sostenido, basado en acciones concretas que impacten directamente en el desempeño y en la forma en que cada individuo se conduce en el mundo real.

Este proceso de mejora del carácter se puede ordenar en tres pasos:

A) Identificación del defecto

Consiste en reconocer con sinceridad las propias debilidades o inclinaciones desordenadas.

Todos los seres humanos presentan tendencias que dificultan el ejercicio de las virtudes: egoísmo, orgullo, impaciencia, dispersión, negligencia, cobardía, pereza, irritabilidad, impulsividad, inconstancia, procrastinación, entre otras.

La toma de conciencia de estos aspectos constituye el punto de partida del trabajo. En algunos casos, los propios defectos se hacen evidentes y generan una incomodidad que impulsa a actuar; en otros, es necesario recurrir a métodos de autoconocimiento para identificar aquellas falencias que deben ser corregidas.

B) Identificación de la virtud opuesta

Una vez identificado el defecto, corresponde determinar qué virtud permite corregirlo o equilibrarlo.

Las virtudes actúan como contrapesos de determinadas inclinaciones:

  • al egoísmo → generosidad

  • a la cobardía → valentía

  • a la dispersión → concentración

  • a la ansiedad → paciencia.

Esto permite canalizar el esfuerzo en una dirección concreta.

C) Incorporación y desarrollo

El crecimiento en virtud exige acciones concretas que entrenen el carácter, en particular la virtud que se busca desarrollar. Una táctica eficaz consiste en realizar actividades que requieran, de manera directa, las disposiciones que se desea incorporar o fortalecer.

Algunos ejemplos:

  • Concentración: lectura atenta, síntesis escrita, juegos de estrategia

  • Paciencia: tareas que exigen constancia sostenida

  • Disciplina: establecimiento y cumplimiento de rutinas

  • Fortaleza: actividades que implican esfuerzo y superación

La repetición de estas prácticas consolida progresivamente los hábitos que se busca incorporar.

Cuando las virtudes contenidas pertinentes se desarrollan en grado suficiente, se forma la virtud cardinal que las integra.


8) LA FORMACIÓN DEL CARÁCTER EN LOS HIJOS

El desarrollo del carácter no se limita al ámbito profesional. El directivo que es padre enfrenta una responsabilidad central en la formación de hábitos y disposiciones en sus hijos.

La aplicación de este enfoque permite intervenir tempranamente en la formación del carácter, incluso antes de que los niños puedan comprender conceptos abstractos.

Esto implica que los padres deben conocer las particularidades de sus hijos, orientar sus entornos y fomentar actividades que desarrollen buenos hábitos


REFLEXIÓN FINAL

La formación del carácter no es el resultado del azar ni de las buenas intenciones.

Es el fruto de un trabajo consciente sobre las propias inclinaciones, orientado a cambiar los defectos por virtudes mediante la disciplina y el ejercicio constante.

Cuando ese trabajo se sostiene en el tiempo, las virtudes dejan de ser una aspiración y se convierten en una forma estable de actuar.

Y, sin lugar a dudas, en el mediano y largo plazo, un individuo virtuoso -es decir, con una elevada capacidad ética- alcanza mayores niveles de realización, tanto en el plano personal y familiar como en el ámbito profesional.


Buenos Aires, 10/03/2026

.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

TEMARIO DEL BLOG CAPACITACIÓN DE LÍDERES.

TEMARIO DEL BLOG CONTRADICCIONES ENTRE EL ACCESO Y EL EJERCIO DEL PODER. EL AUTODESARROLLO DEL CARÁCTER: UNA PIEZA CLAVE EN LA ALTA DIRECCIÓ...